El 11 de noviembre de 1918, el mundo de los hombres exhaló un suspiro de alivio que hizo vibrar los cimientos de Europa, pero en las cumbres nevadas que rodeaban la Mansión Filipo-De la Croix, el silencio no era de paz, sino el preludio de una tormenta de ambición y destierro. Los periódicos que llegaban a la propiedad, con titulares grabados a sangre sobre el armisticio, se amontonaban en el umbral sin ser leídos. La guerra exterior había terminado, pero la guerra biológica y espiritual de las Matriarcas apenas alcanzaba su clímax más oscuro. La mansión, con sus lámparas de gas titilando como velas en un velatorio eterno, se había convertido en el santuario de una decadencia que olía a tierra húmeda y magia podrida.
María Filipo-De la Croix pasó sus últimos tres años sumida en un aislamiento absoluto. A sus doscientos años de vida cronológica, la Gran Matriarca era un mapa de arrugas profundas y manchas oscuras, una cáscara vacía reclamada por la Gripe Española que no distinguía entr