El 11 de noviembre de 1918, el mundo de los hombres exhaló un suspiro de alivio que hizo vibrar los cimientos de Europa, pero en las cumbres nevadas que rodeaban la Mansión Filipo-De la Croix, el silencio no era de paz, sino el preludio de una tormenta de ambición y destierro. Los periódicos que llegaban a la propiedad, con titulares grabados a sangre sobre el armisticio, se amontonaban en el umbral sin ser leídos. La guerra exterior había terminado, pero la guerra biológica y espiritual de las