Danna cerró la puerta de la habitación y se apoyó contra la madera, escuchando los pasos de John alejándose por el pasillo hasta que el silencio volvió a reinar. Se deslizó hasta el suelo, abrazando sus rodillas. No eran lágrimas de tristeza las que amenazaban con salir, sino de un alivio tan profundo que dolía. Por primera vez en años, la cerradura no era para mantenerla prisionera a ella, sino para dejar fuera al mundo.
Se metió en la cama y, contra todo pronóstico, el cansancio la venció ráp