Danna observó la puerta por la que Thomas y Cecilia habían desaparecido. El eco de sus pasos se desvaneció, dejando una paz que le resultaba extraña, casi ensordecedora. Bajó la mirada hacia los papeles que tenía entre las manos; la firma de Thomas, desprolija y cargada de rabia, era el acta de defunción de su pesadilla.
John seguía allí, arrodillado frente a ella, sosteniendo sus manos con una delicadeza que contrastaba con la frialdad que acababa de mostrar ante su familia.
—¿Estás bien? —pre