John se mantuvo firme en medio de la cafetería, pero sus ojos no se apartaron de Danna. El aire en el local se había vuelto pesado, cargado con la electricidad de una guerra que finalmente cruzaba el océano. El padre de Danna seguía con la mano apoyada en el auricular del teléfono, como si el contacto con la voz de Cecilia hubiera dejado una marca tóxica en el aire.
—Él no va a venir por mí —susurró Danna, dándose cuenta de la verdad—. Va a venir por lo que cree que le pertenece. Por el control