A la mañana siguiente, Danna estaba preparando el desayuno, como siempre. El aroma del café llenaba la pequeña cocina, las tostadas dorándose y el sonido suave de los cubiertos chocando entre sí mientras ella acomodaba todo. Tom se iba temprano a trabajar y ella debía quedarse en casa todo el día, aburrida, porque él lo ordenaba y lo exigía así.
—Buenos días, amor —dijo Tom acercándose por detrás y abrazándola por la cintura. La besó en el cuello, inhalando su perfume matinal—. Huele muy rico.