La tarde estaba silenciosa, densa.
Después del estallido de la mañana, Danna había evitado cruzarse con Tom, manteniéndose ocupada en la cocina y doblando ropa para no pensar. Tom no había dicho nada más, pero su silencio era igual de intimidante.
Cerca de las cuatro de la tarde, un golpe seco en la puerta principal atravesó la casa.
Tom salió de su despacho al instante. Miró hacia el pasillo… luego hacia Danna, que estaba acomodando unos platos.
—Ve a la habitación —ordenó con voz baja, pero a