Danna permaneció unos segundos inmóvil en la acera, como si el cuerpo necesitara ponerse de acuerdo con la mente para volver a moverse. El coche negro ya se había perdido entre el tráfico, pero la presión en su brazo seguía ahí, invisible, como un eco del control que la familia Ray ejercía sobre su vida.
Respiró hondo. Una vez. Dos veces.
—Tranquila… —murmuró para sí misma, aunque la voz le salió quebrada.
Comenzó a caminar sin rumbo fijo, alejándose de la joyería, de la ruta habitual, de todo lo que le recordara que su vida ya no le pertenecía del todo. Cada paso era pesado. Cada pensamiento, una carga.
Las palabras de Cecilia le daban vueltas en la cabeza.
*Quiero que te divorcies de mi hijo.*
Como si fuera tan simple. Como si Tom fuera alguien que aceptara un “no” sin convertirlo en un campo de batalla.
Danna apretó los labios. Sabía que, de alguna manera retorcida, su suegra no estaba equivocada en una cosa: Tom no la soltaría fácilmente. No por amor. Por posesión.
Llegó a la para