Danna despertó con el cuerpo aún pesado, la cabeza embotada y la garganta seca. El cuarto estaba en silencio, apenas roto por el leve sonido de una respiración que no era la suya. Parpadeó varias veces hasta enfocar la figura sentada al borde de la cama.
Tom.
Estaba inclinado hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas. No la miraba, pero su presencia llenaba la habitación como una sombra espesa.
—Tengo que hablar contigo —dijo sin volverse.
Danna cerró los