Danna intentó concentrarse en su trabajo, pero la sensación no se iba. Cada movimiento suyo parecía tener peso, cada respiración estaba medida. Sentía la joyería distinta, más silenciosa, más atenta a ella.
Apenas habían pasado unos minutos cuando John volvió a aparecer, esta vez apoyándose contra una de las vitrinas, como si su presencia allí fuese lo más natural del mundo.
—Sofía —dijo sin mirarla—, necesito que revises el inventario del fondo. Llévate a Milli.
Sofía levantó la vista, sorprendida.
—Ahora mismo, señor John.
Antes de irse, miró a Danna con una mezcla de advertencia y preocupación. Danna sostuvo su mirada apenas un segundo y luego volvió a bajar los ojos.
Cuando quedaron solas —o al menos, lejos de oídos directos— John habló.
—¿Cómo te sientes? Falta unos minutos para que te vayas a casa.
Danna mantuvo las manos ocupadas, alineando pulseras que ya estaban perfectamente alineadas.
—Mejor.
—No parece —respondió él con calma—. Sigues pálida.
—No es nada.
John sonrió ape