Días después.
El sonido de la puerta de la joyería cerrándose a su espalda le produjo a Danna una sensación extraña en el pecho. No era miedo exactamente. Era algo más sutil, más persistente. Una alerta silenciosa.
Habían pasado varios días desde que estuvo enferma. Días en los que su cuerpo se había recuperado, pero su mente seguía cargada. Cada paso dentro de ese lugar le recordaba cosas que prefería no pensar.
—Danna —saludó Sofía desde el mostrador—. Pensamos que no volverías tan pronto.
Danna forzó una sonrisa.
—Yo también lo pensé.
—Te ves mejor —añadió Milli, mirándola de arriba abajo—. Un poco más pálida, pero mejor.
—Gracias —respondió Danna, acomodándose el bolso en el hombro.
Caminó hacia su vitrina. Todo estaba exactamente igual a como lo había dejado. Las piezas alineadas con precisión, la luz cayendo sobre los diamantes con ese brillo frío que siempre la había intimidado un poco.
Se colocó detrás del cristal y respiró hondo.
Solo es trabajo, se dijo. Nada más.
Pero su c