La puerta principal se abrió con el sonido inconfundible de una llave girando en la cerradura.
Danna levantó la vista de inmediato. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Reconocía ese sonido incluso dormida.
Tom entró a la casa quitándose el abrigo, hablando distraídamente por el teléfono.
—Sí… déjalo en el sótano, mañana lo vemos —dijo con voz baja pero firme—. No, hoy no puedo.
Colgó justo cuando levantó la mirada y se encontró con la escena: Danna sentada a la mesa, con un plato de sopa frente a ella… y sus padres observándolo en silencio.
Por una fracción de segundo, Tom se quedó inmóvil.
—No sabía que teníamos visita —dijo al fin, forzando una sonrisa mientras se acercaba.
—Llegamos hace un rato —respondió el padre de Danna, poniéndose de pie—. Vinimos a ver cómo estaba nuestra hija.
Tom asintió y caminó hasta la mesa.
—Me alegra que hayan venido —dijo—. Danna ha estado un poco delicada estos días.
Danna bajó la mirada. Sentía la tensión subirle por la espalda como un escalofrí