Los días pasaron lentamente, uno tras otro, como si el tiempo hubiera decidido avanzar con cautela dentro de aquella casa. Danna fue mejorando poco a poco. El dolor de cabeza cedió, el mareo desapareció y el cuerpo comenzó a responder de nuevo, aunque la sensación de fragilidad seguía ahí, escondida bajo la piel. Tom se mostró atento durante esos días: preparaba comida ligera, se aseguraba de que tomara los medicamentos, le acomodaba las almohadas antes de dormir. No hablaban demasiado. Había una tregua silenciosa, tensa, sostenida más por el cansancio que por la paz.
Aquella tarde, el timbre sonó poco después del mediodía.
Danna estaba sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas, cuando escuchó la voz de su madre al otro lado de la puerta. Se levantó despacio, sintiendo todavía el cuerpo débil, y fue a abrir.
—Mi amor… —dijo su madre en cuanto la vio, rodeándola con cuidado—. Te ves un poco mejor.
—Sí, mamá —respondió Danna con una sonrisa suave—. Ya me siento más fuer