Cuando la puerta se cerró, John volvió a mirar la pantalla de seguridad donde aún se veía el almacén vacío.
—Muy pocos entran aquí diciendo la verdad… —murmuró para sí mismo—. Pero tú, Danna… tú eres diferente.
Y por primera vez, admitió que ya no estaba observándola solo como empleada.
Sino como una pieza… que no esperaba encontrar.
La oficina quedó en silencio después de que Danna salió, dejando atrás únicamente el eco suave de sus pasos y el aroma ligero a jabón que siempre la acompañaba.
John se quedó mirando la puerta por varios segundos, inmóvil, como si aún estuviera procesando algo que nadie más hubiera notado.
Luego, lentamente, giró en su silla hacia el estuche que había quedado cerrado sobre su escritorio.
Lo abrió.
El rubí roto brilló bajo la luz blanca del escritorio, revelando su fractura fina, elegante, casi poética.
John pasó el pulgar por la superficie, sintiendo el pequeño borde imperfecto.
—Qué desastre más interesante… —murmuró, con una sonrisa apenas curvada.
Se l