La tarde en la joyería transcurría con un ritmo elegante, casi musical. Las luces cálidas resaltaban el brillo del oro y la plata, los pasos se escuchaban suaves sobre el piso pulido, y el murmullo constante de clientes observando piezas daba al ambiente una sensación refinada.
Danna estaba apoyada en el mostrador lateral, con una libreta frente a ella, apuntando cuidadosamente lo que la jefa de ventas había explicado minutos antes.
“Clasificación de diamantes… corte… transparencia… tolerancia de peso…”
Escribía con dedicación, concentrada, queriendo hacerlo todo perfecto. Sus dedos temblaban un poco —hábito que no lograba controlar desde hacía meses—, pero su letra seguía siendo preciosa y ordenada.
Las otras vendedoras estaban ocupadas atendiendo a clientes, conversando con profesionalismo, ofreciendo relojes y anillos. Era uno de esos momentos en los que el ambiente parecía tan tranquilo que nadie esperaba interrupciones.
Nadie excepto Danna, que siempre vivía esperando una.
Suspir