En la noche.
El almacén estaba sumido en penumbra, apenas iluminado por unas lámparas industriales que goteaban luz amarilla sobre cajas apiladas, contenedores de madera y lonas gruesas que cubrían cargamentos que nadie más debía ver. El olor a metal y a polvo se mezclaba con la tensión que sólo ese lugar cargaba: allí no entraban desconocidos. Allí se respiraba mafia pura.
Tom llegó puntual esta vez. Aparcó su coche, bajó con el ceño fruncido y entró empujando la puerta metálica que crujió com