En la noche.
El almacén estaba sumido en penumbra, apenas iluminado por unas lámparas industriales que goteaban luz amarilla sobre cajas apiladas, contenedores de madera y lonas gruesas que cubrían cargamentos que nadie más debía ver. El olor a metal y a polvo se mezclaba con la tensión que sólo ese lugar cargaba: allí no entraban desconocidos. Allí se respiraba mafia pura.
Tom llegó puntual esta vez. Aparcó su coche, bajó con el ceño fruncido y entró empujando la puerta metálica que crujió como si se quejara de su presencia. Tenía el gesto rígido, los pasos agresivos, la mandíbula apretada. Era evidente que venía irritado, quizá porque había tenido que dejar a Danna sola, quizá porque llevaba días con el temperamento más inestable que de costumbre. no le agradaba nada tener que dejar que Danna trabajara cuando se lo había prohibido.
Al fondo, entre sombras, John estaba de espaldas, revisando unos documentos sobre una mesa metálica. Llevaba la camisa remangada y los antebrazos tensos