El trayecto fue silencioso. Danna observaba las calles pasar con nerviosismo. Tom manejaba con una serenidad fría, los dedos golpeando suavemente el volante.
—¿Tengo que llevar algo? —preguntó ella finalmente.
—No. Solo sé tú —respondió, sin quitar la mirada de la carretera—. Aunque… procura no ponerte nerviosa. Les gusta la gente firme.
—Intentaré.
—Y no hables de nosotros. Nada personal. Solo responde lo que te pidan.
Danna sintió un pequeño escalofrío.
—Claro…
Tom tomó su mano y la apretó.
—Quiero que te vaya bien. ¿Entiendes?
Ella asintió.
—Sí.
La llegada
La joyería era amplia, elegante, con enormes vitrinas de cristal y un letrero dorado en la entrada: Ray Jewelry. Danna no tenía idea de que ese apellido tenía un peso mortal en el mundo oculto de Tom.
Tom detuvo el coche frente a la puerta.
—Ve tranquila. Estaré aquí afuera.
Danna lo miró.
—¿Vas a… esperar?
—Sí —dijo él, suave—. Quiero saber cómo te va apenas salgas.
Ella respiró hondo, sintiendo cómo los nervios hormigueaban en