La casa olía a hierbas frescas, carne asada lentamente y un suave aroma cítrico que venía de unas velas que Tom había encendido por toda la cocina. Algo poco habitual en él. Danna se detuvo en el umbral, sorprendida. La mesa estaba puesta con una perfección casi obsesiva: platos blancos de porcelana, cubiertos alineados como si hubieran sido medidos con regla, y una botella de vino abierta, respirando.
Tom, con las mangas de la camisa arremangadas y el delantal negro que rara vez usaba, removía