Las puertas de roble del despacho de Esteban se cerraron con un sonido definitivo, como un ataúd sellando su antigua vida. El aire, cargado con el aroma a cuero añejo y el brandy de importación que su padre siempre bebía como un ritual, de repente le pareció a Valeria irrespirable. Una jaula perfumada.
Esteban se instaló tras su monumental escritorio, el mismo desde donde había dirigido los destinos de un imperio y, ahora ella lo sabía, había orquestado su ruina. Ricardo se situó a su lado, una