Ricardo Auravel llegó al apartamento de Gloria con paso firme, la mandíbula apretada en una expresión de impaciencia. Hoy era el día del juicio de custodia y no toleraría ningún error. Abrió la puerta sin llamar, esperando encontrarla ya vestida y lista, quizás incluso con Renato en brazos, preparada para interpretar su papel de madre afligida y competente ante el juez.
Pero el silencio lo recibió.
—Gloria —llamó, su voz cortando la quietud del lugar.
No hubo respuesta. Caminó hacia el dormitor