Era ya una rutina sagrada. Todas las tardes, Valeria llegaba a la comisía con una cesta de mimbre. Al principio, los oficiales fruncían el ceño, rigurosos con el reglamento. Pero pronto cedieron ante la evidencia: una mujer embarazada no podía pasar horas de visita sin comer. Y no solo era eso; Valeria, con una amabilidad estratégica y genuina, llevaba siempre suficiente refrigerio para todos. Unos pastelitos caseros, empanadas, café caliente en un termo.
—Para ustedes, también. Muchas gracia