La noche era quieta, solo rota por el leve rumor de la ciudad más allá de las ventanas. Gloria, sentada en el sofá, observaba con aparente calma cómo Stella preparaba su infusión de hierbas, un ritual inquebrantable antes de dormir.
Gloria había estudiado cada movimiento, cada segundo de la rutina de su carcelera. Sabía que esa taza de té era su punto débil, el momento de distensión antes de caer en un sueño profundo.
Cuando Stella se sirvió la bebía humeante, Gloria se levantó y se acercó a