Dario Silver caminaba por los pasillos de la comisaría con un paso que no podía disimular: era firme, rápido y cargado de una energía triunfal que emanaba de la carpeta que llevaba bajo el brazo. Dentro estaba la bomba: la declaración de Gloria. Todavía no podía creer el golpe de suerte, la pieza que les había faltado durante semanas había llegado de la manera más inesperada.
Se dirigió directamente al despacho del fiscal Garmendia, sin molestarse en llamar antes. Al abrir la puerta, encontró a