La puerta de la habitación de Valeria se cerró con un golpe sordo. El eco del enfrentamiento con su padre aún resonaba en sus oídos, mezclado con el zumbido de la angustia. Ya no podía más. Las lágrimas que había contenido con furia en el despacho brotaron en un torrente silencioso y devastador. Se desplomó contra la puerta, hundiendo el rostro en sus manos, y dejó que el llanto sacudiera su cuerpo. No solo lloraba por la humillación o la amenaza, sino por el peso insoportable de la mentira y l