Ricardo Auravel apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Las noticias que acababa de recibir lo habían sumido en un silencio helado que precedía a la tormenta.
—¿Arresto en comisaría? ¿Visitas sin restricciones? —masculló, cada palabra era un veneno—. ¿Y la razón? ¡Porque la señora Alvaredo está embarazada!
Arrojó el teléfono contra el sofá con un gruñido de furia impotente. Eso no debía ser. No podía permitir que naciera otro heredero Brévenor, otro obst