**Elena**
Jasper se quedó. Contra todo pronóstico, el cabrón se quedó.
La abuela y la tía Carmen, que viven en esa residencia grande en la costa de Samaná, la casa de siempre: balcones de madera, piso de cemento pulido, hamacas en la galería, vista al mar Caribe que te deja la boca abierta y olor a pescado con coco friéndose desde las cinco de la mañana. La abuela me vio llegar con él y solo abrió los ojos como platos.
—Ay, pero ¿y este quién es, mija? —preguntó con la mano en la cadera.
—Un amigo de Nueva York, abuela —mentí.
La tía Carmen soltó una carcajada.
—Amigo con esa cara de “te como viva” no es, niña.
Le dieron cuarto en la parte de atrás, el que da al patio de mangos. Él aceptó sin chistar, como si el calor, el bullicio de los primos corriendo y el olor a bollo de harina de maíz con coco lo arroparan como un hogar que no sabía que necesitaba.
Yo me mantenía distante. Cordial, sí. Fría como hielo en enero, también. Lo saludaba sin mirarlo, le hablaba sin escucharlo. Y él…