**Elena**
El sol se despidió de Punta Cana con ese aire nostálgico que tienen los finales que no quieres que terminen. Jasper y yo salimos del resort tomados de la mano, la piel todavía tibia del mar y el alma más tranquila que nunca.
Volamos a Santo Domingo pa’ despedirnos de la familia. Mi mamá nos abrazó como si ya nos extrañara, la abuela me apretó la mejilla y miró a Jasper de arriba abajo.
—Cuídala, muchacho. Pero de verdad, ¿eh? —le dijo mi primo mayor, medio en broma, medio en serio.
—Lo juro. Como si fuera mía —respondió él sin titubear, apretándome la mano.
Al día siguiente volamos a Florida. Él me llevó a la casa que heredó del viejo: una joya frente al mar, paredes blancas, persianas de madera verde, terraza con hamacas, piscina infinita que se pierde en el océano. El aire olía a sal y a jazmín.
—¿Viviste aquí? —pregunté mientras recorría descalza por el piso de madera caliente.
—Por un tiempo… pero siempre fue como refugio —dijo él, dejando las maletas—. Ahora quiero qu