**Elena**
Llegamos al resort en Punta Cana y el aire me pegó como una cachetada de sal y lujo. El lobby era todo blanco, mármol, palmeras y gente con maletas caras. Jasper me pasó la tarjeta de la habitación como si fuera un reto.
—¿Ya te vas a quedar mudo? —le dije cruzada de brazos, la maleta a mis pies.
—Estoy esperando que digas algo amable. Aunque sea un “gracias” chiquito —me respondió con esa media sonrisa que me jode y me encanta.
Tomé la tarjeta con dos dedos, como si quemara.
—Gracias —escupí seca—. Por la habitación. Por no dejarme dormir en la arena con los cangrejos.
Él soltó una risa sarcástica mientras se pasaba la mano por el pelo castaño, revuelto por el viento del Caribe. Llevaba camisa de lino blanca, abierta hasta el pecho, mostrando el tatuaje que me vuelve loca. El sol le hacía brillar la piel tostada. Pero sus ojos café estaban fijos en mí como dos faroles encendidos.
—No vine a pelear, Lena. Vine a ver si todavía puedo rescatar algo. Algo que tú y yo… —hizo u