Elena volvió a casa con el corazón apretado y los pasos firmes. Abrió la puerta y el perfume la golpeó antes de ver nada: el aroma fuerte y empalagoso de un hombre preparándose para pecar.
Jasper estaba frente al espejo de la sala, arreglándose la chaqueta de cuero, con esa maldita sonrisa de tipo que cree que puede tenerlo todo sin perder nada.
—¿Tú te vas? —preguntó ella, tirando su mochila en el sofá.
—¿Y tú qué crees? —contestó él sin siquiera mirarla, ajustando su reloj—. Hoy toca fiesta p