Elena volvió a casa con el corazón apretado y los pasos firmes. Abrió la puerta y el perfume la golpeó antes de ver nada: el aroma fuerte y empalagoso de un hombre preparándose para pecar.
Jasper estaba frente al espejo de la sala, arreglándose la chaqueta de cuero, con esa maldita sonrisa de tipo que cree que puede tenerlo todo sin perder nada.
—¿Tú te vas? —preguntó ella, tirando su mochila en el sofá.
—¿Y tú qué crees? —contestó él sin siquiera mirarla, ajustando su reloj—. Hoy toca fiesta privada.
—No te cansas, ¿verdad?
—¿De qué? ¿De vivir? No. —Le lanzó una mirada rápida, con esa mezcla de cinismo y deseo contenido—. ¿Y tú? ¿Te vas a quedar con la cara larga esperando como si fuera tu obligación?
Elena no respondió. Caminó hasta su habitación, sacó su maleta y empezó a empacar.
Jasper, al oír el sonido de los cierres, fue tras ella.
—¿Qué haces?
—Me voy a pasar las vacaciones con mis padres —dijo sin mirarlo—. A Santo Domingo. Ya hablé con ellos.
Él frunció el ceño, se le acercó