Mundo ficciónIniciar sesiónEn un lugar donde las mujeres “como ella” deberían agachar la cabeza, Ángela Palacios decidió hacer lo imperdonable: levantarla. Ángela Palacios se enamoró de Ignacio Robles, el hijo del hombre más poderoso de Santa Clara. Su intenso romance terminó abruptamente cuando la madre de él lo manipuló para que regresara a la capital y asumiera la empresa familiar. Ángela quedó embarazada, pero cuando lo buscó, Ignacio ya era inalcanzable, desconociendo por completo la existencia de su hijo, Thiago. Tres años después, Ángela es una madre soltera y luchadora: trabaja de día en una panadería y limpia oficinas por las noches para sacar adelante a su hijo. Cuando surge un concurso capaz de cambiarle la vida, Ángela se atreve a participar, pero la paz de Ángela se rompe cuando Ignacio regresa al pueblo por asuntos de negocios, forzando un encuentro donde el secreto de Thiago amenaza con cambiarlo todo. Entre críticas, chismes y una atracción que renace con más fuerza que antes, Ángela se enfrenta a una sociedad que la quiere de rodillas. Lo que no imaginan es que una madre soltera no es un error, es una mujer que puede reconstruir su mundo… y enamorarse sin pedir permiso.
Leer más«Felicidades, usted está embarazada»
«¿Embaraza?» La frase cayó con una precisión cruel, como si alguien hubiera arrojado una piedra directo al centro del pecho de Ángela Palacios. No hubo preámbulo, ni advertencia, ni suavidad. Solo esas cuatro palabras pronunciadas con voz profesional, medidas, ajenas al terremoto que acababan de desatar. Ángela parpadeó una vez y luego otra sin poder creer en las palabras que había escuchado. El ventilador del consultorio giraba lentamente en el techo, emitiendo un zumbido constante que de pronto se volvió insoportable. El aire olía a desinfectante, a látex, a encierro. Todo parecía demasiado pequeño para una noticia tan grande. —¿Cómo dice…? —susurró, aunque había escuchado perfectamente. La doctora, una mujer de mediana edad con lentes rectangulares y expresión cansada, la observó con atención clínica. Estaba acostumbrada a reacciones de ese tipo. Lágrimas, gritos, silencios y hasta desmayos. —El examen es claro, es positivo —repitió—. Tienes aproximadamente seis semanas de embarazo. «Seis semanas» repetía en su mente una y otra vez. Ángela bajó la mirada hacia su vientre plano, incapaz de comprender lo que le estaba pasando. Su corazón comenzó a latir con fuerza, como si quisiera escapar. La palabra no solo traía consigo una vida nueva. Traía miedo. Juicio. Rechazo. Un futuro completamente distinto al que había imaginado. El aire abandonó sus pulmones de golpe. Su visión se nubló mientras la palabra se repetía una y otra vez en su mente, mezclándose con recuerdos que creía enterrados: El recuerdo de él apareció con una nitidez dolorosa, como si hubiera estado esperando ese momento para reclamar su lugar. Ignacio, con su sonrisa ladeada y su manera de mirarla como si Ángela fuera un secreto delicioso. Ignacio, el hijo del hombre más poderoso de Santa Clara, el heredero de un imperio que no tenía espacio para una muchacha como ella. Se conocieron casi por accidente. Una tarde cualquiera. Una conversación breve que se volvió larga. Una risa compartida que terminó en silencio cargado de electricidad. Desde el principio supieron que no debían cruzar esa línea. Y aun así lo hicieron. Fueron meses de encuentros furtivos, de manos que se buscaban con urgencia, de besos robados en lugares donde nadie debía verlos. Ignacio hablaba de sueños, de construir algo propio lejos de las sombras de su apellido. Cuando la abrazaba, Ángela creía cada palabra. La doctora seguía hablando, explicando resultados, controles prenatales, medicamentos y otras cosas más. Ángela asentía de forma automática, sin escuchar realmente. En su mente solo resonaba una pregunta, insistente y feroz. «¿Cómo voy a sobrevivir a esto? ¿Qué le voy a decir a mis padres? ¿Lo tendré?» Miles de preguntas surgieron en su cabeza y no encontraba respuesta a ninguna de ellas. —¿Te sientes bien? —preguntó la doctora, notando su palidez. Ángela intentó responder, pero la garganta se le cerró. Pensó en su familia. En su madre. En las miradas del pueblo, siempre listas para señalar. Pensó en la panadería, en las largas jornadas, en los sueños pequeños que ahora parecían frágiles. —¿Hay alguien a quien podamos llamar? —insistió la doctora con un tono más suave tratando de llamar su atención—. ¿Tu pareja? La palabra pareja la atravesó como un puñal. Ignacio se había ido semanas atrás, empujado de regreso a la capital por insistencia de su madre. Ignacio prometió volver. Prometió no olvidarla. Pero el silencio fue lo único que llegó después. —No —respondió Ángela al fin, con un hilo de voz temblorosa—. Estoy sola. El mareo la golpeó sin aviso. El consultorio comenzó a girar lentamente, como si el mundo hubiera decidido perder estabilidad junto con ella. El zumbido del ventilador se mezcló con el sonido acelerado de su respiración. Intentó levantarse. Quería salir. Necesitaba aire, sentía que se estaba asfixiando, pero sus piernas no le respondieron. —Ángela… —alcanzó a decir la doctora, poniéndose de pie. No escuchó el resto. El piso frío la recibió cuando su cuerpo cedió, vencido por el peso de una verdad demasiado grande para cargar sola.Santa Clara despertó con una inquietud nueva.No era solo el regreso de Ignacio Robles lo que agitaba el aire, sino la manera en que su nombre volvía a cruzarse con el de Ángela Palacios en murmullos mal disimulados. El pueblo tenía memoria selectiva y una imaginación voraz; bastó verlos salir juntos de la panadería para que las versiones se multiplicaran.Ángela lo sintió desde temprano.Las miradas se clavaban en su espalda mientras acomodaba las vitrinas. Las conversaciones se detenían cuando ella se acercaba. Doña Elena fingía no notar nada, pero no apartaba los ojos de la puerta, como si esperara una nueva irrupción.—No temas mi niña—le dijo en voz baja—. Recuerda que eres fuerte.Ángela asintió, agradecida, aunque por dentro el miedo le apretaba el pecho. Ignacio no se había ido. Eso era lo peor. No había desaparecido como antes. Permanecía. Preguntaba. Observaba. Y ella no podía permitirse que viera demasiado.Al mediodía, salió apresurada para buscar a Thiago. El niño corría
La paz duró poco. El regreso de Ignacio Robles a Santa Clara no pasó desapercibido.En un pueblo donde las noticias viajaban más rápido que el viento, bastó una sola mañana para que su nombre volviera a circular en murmullos emocionados, miradas curiosas y comentarios disfrazados de nostalgia. El heredero prodigio. El hijo del hombre más poderoso. El joven que se había marchado para conquistar la capital… y que ahora volvía.Ángela Palacios no lo supo de inmediato.Estaba demasiado ocupada sobreviviendo.Amasaba pan con movimientos automáticos cuando escuchó a dos clientas hablar en voz baja, pero con la emoción suficiente para perforar el aire.—Dicen que Ignacio Robles regresó. —Comentó la mujer tomando un sorbo de café. —Sí, llegó anoche. Viene por unos negocios importantes. ¿Viste con quién vino?El nombre la golpeó sin aviso.Ignacio.Ángela sintió cómo el corazón le daba un vuelco tan violento que tuvo que apoyarse en la mesa para no perder el equilibrio. El sonido del local s
A las cinco de la mañana, Santa Clara aún dormía.Las calles estaban vacías, cubiertas por una neblina ligera que hacía parecer al pueblo un lugar detenido en el tiempo. Ángela Palacios caminaba con paso firme, el bolso colgado al hombro y el cansancio tatuado en el cuerpo. No se permitía llegar tarde. Nunca. Cada minuto contaba cuando la vida dependía de ello.Santa Clara no había cambiado. Los chismes seguían circulando, las miradas seguían señalando. Pero Ángela había aprendido a caminar con la cabeza en alto.Al abrir la puerta de la panadería, el olor a levadura y harina la envolvió como una segunda piel. Doña Elena ya estaba allí, amasando con movimientos lentos pero seguros.—Buenos días, hija —saludó sin levantar demasiado la vista.—Buenos días Doña Elena —respondió Ángela, atándose el delantal.Ese era su primer turno del día. El que le permitía pagar el arriendo, comprar comida, ahorrar monedas sueltas con la esperanza de que algún día fueran suficientes. El segundo turno v
El olor a hospital fue lo primero que invadió sus sentidos.Ángela Palacios despertó lentamente, como si emergiera desde una profundidad espesa y oscura. Un pitido constante marcaba el ritmo del lugar. La luz blanca del techo le obligó a cerrar los ojos de nuevo, y un dolor sordo recorrió su cuerpo apenas intentó moverse.—Tranquila… no te muevas —dijo una voz femenina a su lado.Ángela abrió los ojos con esfuerzo. Una enfermera acomodaba las sábanas con movimientos expertos, mirándola con atención.—¿Dónde…? —susurró.—En el hospital central —respondió la mujer—. Tuviste un accidente. Te atropellaron.El recuerdo regresó de golpe.La puerta cerrándose.La palabra boda.El asfalto acercándose demasiado rápido.Y entonces, el pánico.—Mi bebé… —dijo Ángela, incorporándose de golpe, ignorando el dolor—. ¿Cómo está mi bebé?La enfermera apoyó una mano firme sobre su hombro.—Tranquila. Está bien. Tuvimos que hacer varios exámenes, pero no hay desprendimiento ni complicaciones por ahora.
El silencio se convirtió en el peor enemigo de Ángela Palacios.Durante los días que siguieron a la noticia, aprendió a convivir con él como quien comparte techo con una sombra. Sonreía cuando debía, respondía lo justo, se movía por la casa como si todo siguiera igual. Pero por dentro, cada latido de su corazón repetía la misma palabra.«Embarazada»Su madre hablaba de asuntos cotidianos. De la vecina, del precio del pan, del calor insoportable de Santa Clara. Ángela solo asentía, evitando mirarla demasiado tiempo, temiendo que una sola pregunta mal formulada derrumbara el frágil equilibrio que había construido a base de mentiras.No podía decirles nada. No todavía.Decirlo significaba decepción, juicio, vergüenza pública. En Santa Clara, las historias no se olvidaban; se heredaban. Y una muchacha embarazada sin marido era un espectáculo que el pueblo sabía disfrutar con crueldad.Por las noches, cuando todos dormían, Ángela se encerraba en el baño y apoyaba la frente contra el espejo
«Felicidades, usted está embarazada»«¿Embaraza?»La frase cayó con una precisión cruel, como si alguien hubiera arrojado una piedra directo al centro del pecho de Ángela Palacios.No hubo preámbulo, ni advertencia, ni suavidad. Solo esas cuatro palabras pronunciadas con voz profesional, medidas, ajenas al terremoto que acababan de desatar.Ángela parpadeó una vez y luego otra sin poder creer en las palabras que había escuchado.El ventilador del consultorio giraba lentamente en el techo, emitiendo un zumbido constante que de pronto se volvió insoportable. El aire olía a desinfectante, a látex, a encierro. Todo parecía demasiado pequeño para una noticia tan grande.—¿Cómo dice…? —susurró, aunque había escuchado perfectamente.La doctora, una mujer de mediana edad con lentes rectangulares y expresión cansada, la observó con atención clínica. Estaba acostumbrada a reacciones de ese tipo. Lágrimas, gritos, silencios y hasta desmayos.—El examen es claro, es positivo —repitió—. Tienes apr





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