80. El arte de moldear muñecas.
Narra Ruiz.
Los motores rugen como bestias hambrientas en la calle mientras las luces parpadean, volviéndose locas bajo los disparos.
Corro, o más bien cojeo a toda velocidad, con la sangre pegajosa en mi pierna, las costillas doliéndome como si me hubieran embutido un puño de hierro caliente.
Pero no me importa.
Estoy vivo.
Y más que eso: estoy ganando.
Detrás de mí, Clarita viene cubriéndome, disparando sin piedad contra cualquier sombra que se mueva.
La pelirroja —Carla, creo que se llama— l