Mundo ficciónIniciar sesiónUn contrato de un año. Una deuda impagable. Una mujer que no tiene nada que perder... excepto su corazón. Isabella Camil solía tenerlo todo, hasta que la traición y la ruina destruyeron el legado de su familia. Ahora, con su madre enferma y los acreedores golpeando a su puerta, Isabella solo tiene una salida: aceptar la propuesta del hombre más temido y poderoso de la ciudad. Alexander Volkov es un tiburón de los negocios, un hombre de hielo que no cree en el amor y que necesita una esposa perfecta para asegurar su imperio. Él no busca una compañera; busca una propiedad. Y ha puesto sus ojos en Isabella. Las reglas son simples: Un año de matrimonio falso ante el mundo. Vivir bajo su techo y sus estrictas normas. Lo más importante: Prohibido enamorarse. Alexander cree que ha comprado el silencio y la obediencia de Isabella, pero pronto descubrirá que ella no es una pieza más en su tablero. Entre roces prohibidos, lujos gélidos y una tensión que amenaza con quemarlo todo, ambos descubrirán que el contrato tiene una cláusula que ninguno leyó...
Leer más# CAPÍTULO 7: EL PESO DE LAS CADENAS DE SEDANo pude pegar el ojo en toda la noche. El fantasma del beso en la terraza y la marca de la bofetada en el rostro de Alexander se repetían en mi mente como una película de terror en bucle. Me sentía sucia, pero no por él, sino por la traición de mi propio cuerpo. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de sus manos en mis muñecas y el calor de su aliento reclamando mi piel. Me odiaba por no haber sentido asco en el momento en que su lengua invadió mi boca; me odiaba porque, por un segundo, Julian y todo mi pasado habían desaparecido, dejando solo la abrumadora realidad de Alexander Volkov.A las seis de la mañana, antes de que el sol lograra romper la niebla de Westchester, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso. No fue una de las mucamas. Fue él.Alexander ya estaba vestido con un traje azul marino tan oscuro que parecía negro. Se veía impecable, como si no hubiera pasado la noche procesando una bofetada y un ataque d
El silencio es una forma de tortura que no deja marcas en la piel, pero que desgarra el alma con la precisión de un bisturí. Habían pasado tres días desde la bofetada, tres días desde que Alexander Volkov decidió que yo ya no era digna de su voz, de su mirada o de su ira.Caminar por la mansión se había convertido en un ejercicio de invisibilidad. Desayunábamos en extremos opuestos de una mesa de caoba que parecía un desierto infranqueable. Él leía sus informes, revisaba su tableta y bebía su café negro como su conciencia, sin dedicarme ni un solo "buenos días". Para él, yo había pasado de ser su "inversión" a ser un mueble más de la decoración minimalista de su imperio.Y lo que más me dolía, lo que me hacía hervir la sangre de pura frustración, era que me importaba. Me odiaba por buscar su mirada por el rabillo del ojo, por esperar que me soltara un insulto o una orden, cualquier cosa que confirmara que todavía estaba viva. Su indiferencia era más letal que sus amenazas.—Esta noche
(POV ALEXANDER)El ardor en mi mejilla izquierda era lo único que me recordaba que todavía era humano.Me quedé de pie en el pasillo, justo fuera de su habitación, escuchando el silencio sepulcral que reinaba tras la puerta de madera de roble. Podía imaginarla allí dentro: Isabella Camil, con el pecho subiendo y bajando por la agitación, con esos ojos castaños encendidos por una furia que me resultaba más adictiva que cualquier droga que hubiera probado.Me pasé la yema del pulgar por el labio inferior. Una gota de sangre, metálica y caliente, manchó mi piel. Sonreí para mis adentros. No era una sonrisa de alegría; era la mueca de un cazador que finalmente ha encontrado una presa que se atreve a morder.Caminé hacia mi propio ala de la mansión, despojándome de la chaqueta del esmoquin y arrojándola sobre un sofá de cuero sin mirar dónde caía. El silencio de mi hogar, ese que tanto me había costado construir sobre los cadáveres financieros de mis enemigos, se sentía extraño esta noche.
El trayecto de vuelta a la mansión fue un descenso lento hacia el infierno. Dentro de la limusina, el silencio era tan denso que podía oír el roce de mis medias de seda al cruzar las piernas. Alexander estaba sentado frente a mí, con la corbata deshecha y el primer botón de su camisa desabrochado. No me miraba; observaba las luces de la ciudad pasar a través del cristal tintado, pero su presencia llenaba cada rincón del vehículo.Mis labios todavía ardían. Podía sentir el sabor de su boca, una mezcla de alcohol caro y una posesión que me hacía revolver el estómago. Me sentía sucia, no por el beso en sí, sino por la forma en que mi cuerpo había respondido. Odiaba a Alexander Volkov con cada fibra de mi ser, lo odiaba por comprarme, por chantajearme, por usar la vida de mi madre como moneda de cambio... y, sin embargo, en ese escenario, bajo los flashes de las cámaras, mi pulso se había acelerado de una forma que no podía fingir.—¿Te duele la mandíbula, Isabella? —preguntó de pronto, s





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