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CAPÍTULO 3: EL TEATRO DE LAS APARIENCIAS

El espejo frente a mí no mentía, pero la mujer que reflejaba se sentía como una extraña. Alexander no había mentido cuando dijo que no quería rastro de mi antigua vida; sobre la cama de seda habían aparecido cajas de terciopelo y un vestido que parecía tejido con la misma oscuridad de la noche. Era un diseño de alta costura en satén negro medianoche, con un escote que desafiaba la gravedad y una abertura en la pierna que subía de forma peligrosa hasta la mitad del muslo.

Mientras me deslizaba la tela fría por el cuerpo, sentí que me ponía una armadura. O una mortaja.

Mis manos temblaban mientras abría la caja de joyas. Un collar de diamantes negros y platino descansaba allí, brillando con una luz malvada. Al abrochármelo, el peso del metal en mi garganta se sintió exactamente como lo que era: un collar de perro de un millón de dólares. Alexander no solo me quería vestida de lujo; quería que llevara su marca grabada en cada centímetro de mi piel.

—Es hora, Isabella —la voz de Alexander llegó desde la puerta, haciéndome dar un salto.

Él estaba apoyado en el marco, impecable en un esmoquin hecho a medida que resaltaba la anchura de sus hombros y la delgadez de su cintura. Sus ojos grises me recorrieron con una lentitud que me hizo sentir un calor repentino en las mejillas. No había ternura en su mirada, solo la satisfacción de un coleccionista que acaba de ver su pieza más valiosa debidamente restaurada.

—Te ves... aceptable —dijo, aunque su mirada decía algo mucho más oscuro—. Recuerda lo que acordamos. A partir de que crucemos esa puerta, me amas. No me miras con ese desprecio que guardas en los ojos. Me buscas, me tocas, me deseas. Si veo un solo rastro de duda en tu rostro, el cirujano que está monitoreando a tu madre recibirá una llamada para detener el cuidado postoperatorio. ¿Fui claro?

—Eres un monstruo, Alexander —susurré, acercándome a él. El aroma de su loción me envolvió, una mezcla embriagadora de tabaco, bergamota y peligro.

—Soy tu esposo —corrigió él, atrapando mi barbilla con fuerza—. Y hoy, vas a demostrarle al mundo por qué eres la mujer que logró domar al lobo de Wall Street.

El trayecto al salón de eventos fue un silencio cargado de electricidad. Cuando las puertas de la limusina se abrieron y los flashes de los paparazzi estallaron como fuegos artificiales, sentí que el pánico me cerraba la garganta. Pero entonces, la mano de Alexander se deslizó por mi cintura, posesiva y firme, pegándome a su costado. Su calor era lo único sólido en un mundo que empezaba a girar.

—Sonríe, nena —me susurró al oído, su aliento rozando mi lóbulo—. Es el show de tu vida.

Entramos al salón y el murmullo de la élite de Nueva York se detuvo. Todos estaban allí: los mismos que habían escupido sobre el nombre de mi padre hace solo una semana, ahora nos miraban con una mezcla de envidia y asombro. Alexander me guiaba por la sala, su mano nunca abandonando la curva de mi cadera, sus dedos presionando ligeramente mi piel a través del satén, recordándome quién mandaba.

Me obligué a apoyarme en él. Incliné mi cabeza sobre su hombro y le sonreí con una dulzura que me amargaba la boca. Le tocaba la solapa del traje, fingía arreglarle la corbata mientras le susurraba insultos que solo él podía oír.

—Todos te miran como si fueras un dios, Alexander. Si supieran que me compraste como a una yegua... —le dije con una sonrisa radiante para las cámaras.

—Si supieran eso, Isabella, me envidiarían aún más por tener el gusto de comprar algo tan hermoso y roto como tú —respondió él, estrechándome más fuerte contra su cuerpo.

Llegó el momento del brindis. Alexander subió al pequeño estrado, manteniéndome a su lado, con su brazo rodeando mi cintura de forma que mi cuerpo estaba completamente presionado contra el suyo. Sentía la dureza de su pecho y la fuerza de sus piernas. El mundo nos miraba.

—Esta noche no solo celebramos el éxito de la fusión —dijo Alexander con esa voz de barítono que comandaba cualquier habitación—. Celebramos la unión de dos legados. Isabella no es solo mi prometida; es la mujer que ha dado sentido a todo mi imperio.

Hubo aplausos. Gritos de "¡Beso, beso!".

Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. Alexander se giró hacia mí. Sus ojos grises estaban encendidos con una intensidad que ya no era actuación. Me tomó el rostro con ambas manos, sus pulgares acariciando mis pómulos con una suavidad que me resultó aterradora porque se sentía real.

—Haz que se lo crean —murmuró antes de cerrar la distancia.

Cuando sus labios chocaron con los míos, no fue el beso casto que yo esperaba. Fue una invasión. Alexander me reclamó frente a cientos de personas con una ferocidad que me dejó sin aire. Su lengua buscó la mía, reclamando territorio, y por un segundo olvidé que lo odiaba. Olvidé el contrato, olvidé a mi padre, olvidé la humillación.

El beso se volvió descriptivamente sexual; Alexander profundizó el contacto, su mano bajando por mi espalda hasta presionar mi trasero, atrayéndome hacia él para que sintiera el rastro evidente de su propia respuesta física bajo el pantalón de esmoquin. Un gemido involuntario escapó de mi garganta y él lo bebió como si fuera vino. Mis dedos se enterraron en su cabello, tirando de él, respondiendo a la agresión de su boca con una pasión desesperada que nació del odio pero que se sentía como fuego puro.

Sus labios se movían contra los míos con una técnica experta, mordisqueando mi labio inferior antes de volver a succionarlo. El sabor a coñac de su boca y el calor abrasador de su cuerpo me hicieron flaquear las piernas. Si él no me estuviera sujetando con esa fuerza bruta, me habría desplomado allí mismo, frente a los flashes que no dejaban de capturar cada movimiento de nuestras lenguas y el roce de nuestros alientos.

Cuando finalmente se separó, solo unos milímetros, ambos estábamos jadeando. Sus ojos grises estaban oscuros, casi negros por el deseo, y mis labios se sentían hinchados y calientes.

—Eso... eso no estaba en el contrato —susurré, con la voz rota y los ojos nublados.

Alexander me miró con una sonrisa depredadora, limpiando un rastro de mi labial de la comisura de su boca con el pulgar.

—El contrato dice que me perteneces, Isabella. Y yo siempre uso lo que es mío —se acercó a mi oído, y su voz bajó a un registro que me hizo vibrar hasta la médula—. Si así besas cuando me odias, me muero por ver cómo gritarás mi nombre cuando te rompas bajo mi cuerpo esta noche.

Los aplausos estallaron de nuevo, pero yo solo podía oír el zumbido de mi propia sangre. Había dado el primer paso en su juego y, por primera vez, me di cuenta de que el peligro no era que Alexander me destruyera... el peligro era que yo terminara rogándole que lo hiciera.

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