# CAPÍTULO 7: EL PESO DE LAS CADENAS DE SEDA
No pude pegar el ojo en toda la noche. El fantasma del beso en la terraza y la marca de la bofetada en el rostro de Alexander se repetían en mi mente como una película de terror en bucle. Me sentía sucia, pero no por él, sino por la traición de mi propio cuerpo. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de sus manos en mis muñecas y el calor de su aliento reclamando mi piel. Me odiaba por no haber sentido asco en el momento en que su lengua invadió mi boca; me odiaba porque, por un segundo, Julian y todo mi pasado habían desaparecido, dejando solo la abrumadora realidad de Alexander Volkov.
A las seis de la mañana, antes de que el sol lograra romper la niebla de Westchester, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso. No fue una de las mucamas. Fue él.
Alexander ya estaba vestido con un traje azul marino tan oscuro que parecía negro. Se veía impecable, como si no hubiera pasado la noche procesando una bofetada y un ataque de posesión. Se detuvo al pie de mi cama, observándome mientras yo me cubría instintivamente con las sábanas de seda.
—Levántate —ordenó. Su voz no tenía rastro de la furia de anoche, era algo peor: era una calma administrativa, gélida y absoluta—. En treinta minutos salimos hacia la oficina.
Me incorporé, frotándome los ojos, tratando de recuperar una dignidad que se desmoronaba por momentos.
—¿La oficina? El contrato no decía nada de que tuviera que ser tu secretaria, Alexander.
Él caminó hacia el ventanal y abrió las cortinas de golpe, dejando que la luz grisácea de la mañana inundara la habitación. Se giró hacia mí, con las manos en los bolsillos.
—El contrato dice que estás bajo mi custodia y que tu imagen me pertenece. Anoche demostraste que no se te puede dejar sola sin que intentes buscar "viejas amistades" que compliquen mis inversiones. A partir de hoy, las reglas cambian. No vas a quedarte aquí a lamentar tu suerte. Vas a estar donde yo pueda verte. Cada hora. Cada minuto.
—¡Eso es secuestro! —exclamé, saltando de la cama, olvidando por un momento que solo llevaba un camisón de encaje fino que dejaba muy poco a la imaginación.
La mirada de Alexander bajó por mi cuerpo con una lentitud que me hizo arder la piel. Sus ojos se oscurecieron, pero no retrocedió.
—Llamalo como quieras, Isabella. Pero si quieres que el equipo médico de tu madre siga recibiendo sus honorarios, estarás en el coche en media hora. Tu nuevo puesto es de "Asistente de Enlace". En realidad, solo significa que te sentarás en mi oficina y aprenderás a guardar silencio mientras yo manejo el mundo que tu padre destruyó.
Salió de la habitación sin esperar respuesta. Me quedé allí, temblando de rabia, mirando el vestido negro que habían dejado sobre el sillón. Era un atuendo profesional, pero ajustado, diseñado para marcar cada curva de mi cuerpo. Era una uniforme de propiedad.
El trayecto a la Torre Volkov fue un suplicio de silencio. Alexander no despegó la vista de sus documentos, ignorándome por completo, aplicando ese castigo de hielo que me hacía querer gritar. Cuando llegamos, el despliegue de poder fue abrumador. Todos los empleados se detenían, bajaban la cabeza o murmuraban con respeto y miedo mientras él caminaba con paso firme, con su mano firmemente apoyada en la base de mi espalda. No era un gesto cariñoso; era una advertencia para cualquiera que se atreviera a mirarme más de lo debido.
Su oficina era un santuario de cristal y acero. Me indicó un escritorio pequeño situado justo frente al suyo.
—Toma asiento —dijo, sentándose en su sillón de cuero—. Tu tarea hoy es revisar los informes de liquidación de la constructora Camil. Quiero que veas, cifra por cifra, cómo tu padre desperdició tu herencia en juegos de azar y malas inversiones. Quizás así dejes de verlo como una víctima.
Me senté, sintiendo que el nudo en mi garganta me ahogaba. Durante horas, el único sonido en la oficina fue el clic de los teclados y el zumbido del aire acondicionado. Era una tortura psicológica. Alexander me obligaba a leer la ruina de mi propia familia mientras él cerraba tratos multimillonarios por teléfono, demostrándome que mientras mi mundo se acababa, el suyo se expandía.
A media tarde, Julian intentó llamar a la recepción. Vi cómo la secretaria le pasaba la llamada a Alexander. Él escuchó por un segundo, con una sonrisa cínica, y luego colgó sin decir una palabra.
—¿Era él? —pregunté, rompiendo el silencio.
Alexander levantó la vista. Sus ojos eran dos láminas de acero.
—El señor Vane tiene una persistencia que raya en lo suicida. He dado órdenes de que se le prohíba la entrada a cualquier propiedad Volkov. Y si vuelve a intentar contactarte, compraré la deuda hipotecaria de su familia solo para enviarlos a la calle. ¿Quieres que lo haga, Isabella? Porque depende de ti.
—Eres un monstruo —susurré por centésima vez.
—Soy el monstruo que paga tus cuentas, Isabella. No lo olvides.
El día se arrastró hasta que la noche cayó sobre Manhattan. Las luces de la ciudad empezaron a brillar a través de los ventanales de piso a techo. El personal se había ido hacía tiempo, y solo quedábamos nosotros dos en la inmensidad del piso cincuenta. La tensión en la oficina era tan alta que sentía que el aire estaba cargado de estática.
Me levanté de mi escritorio, agotada emocionalmente.
—Quiero irme a casa —dije, con la voz quebrada.
Alexander se levantó también. Se quitó la chaqueta del traje y se desabrochó los dos primeros botones de la camisa, revelando la base de su cuello y esa piel que yo había golpeado días atrás. Caminó hacia el mueble bar y se sirvió un whisky, pero esta vez no volvió a su silla. Se acercó a mí.
—¿A casa? —repitió, deteniéndose a pocos centímetros—. Todavía no hemos terminado, Isabella. Las nuevas reglas incluyen una cláusula de transparencia.
—¿De qué hablas?
Dejó el vaso sobre mi escritorio y me tomó de los hombros. Sus manos quemaban a través de la tela de mi vestido.
—Hablo de que anoche me golpeaste. Me desafiaste frente a un extraño. Y luego, en la terraza, me devolviste el beso con una sed que no puedes ocultar —susurró, acercando su rostro al mío—. Estoy cansado de este juego de sombras.
—No hubo sed, Alexander. Solo hubo desesperación —mentí, aunque mi corazón latía tan fuerte que él seguramente podía sentirlo a través de mi pecho.
—Mírame a los ojos y dímelo de nuevo —exigió, apretando sus dedos en mis hombros.
Lo intenté, pero la intensidad de su mirada gris me desarmó. Había algo ahí que no era solo poder; era un hambre antigua, una necesidad de poseer no solo mi nombre, sino mi voluntad. Alexander soltó mis hombros y sus manos bajaron por mis brazos hasta entrelazar sus dedos con los míos, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra el inmenso ventanal.
La ciudad de Nueva York estaba a mis espaldas, un mar de luces a cientos de metros de altura, pero el único peligro que sentía era el hombre que me acorralaba.
—He pasado años construyendo este imperio para que nadie pudiera volver a tocarme —dijo Alexander, su voz bajando a un susurro peligroso y ronco—. Y entonces apareces tú, con tu orgullo de princesa caída y ese fuego que intenta quemar todo lo que toco. Me odias, Isabella. Sé que me odias. Pero también sé que cuando te toco, tu respiración falla. Sé que cuando te beso, te olvidas de quién eres.
—Suéltame, Alexander... por favor —suplicé, pero mi cuerpo estaba traicionándome de nuevo. Mis piernas se sentían como gelatina y un calor líquido empezaba a recorrer mi vientre.
—No —respondió él.
Su mano derecha subió lentamente, acariciando mi cuello hasta hundirse en mi cabello, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Su otra mano bajó a mi cintura, tirando de mí hacia adelante hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nosotros. Podía sentir la dureza de su cuerpo, la promesa de una fuerza que me sometería si él así lo decidía.
Su boca bajó, pero no me besó de inmediato. Rozó mis labios con los suyos, una tortura lenta que me hizo soltar un gemido ahogado.
—Dime que me odias ahora —susurró contra mis labios.
—Te odio —dije, pero mis manos, en lugar de empujarlo, se cerraron sobre sus antebrazos, aferrándome a él como a un salvavidas en medio de un naufragio.
Alexander no esperó más. Me besó con una ferocidad que me hizo perder el sentido de la realidad. Ya no era un beso para la prensa, ni un beso para marcar territorio frente a Julian. Era un beso de pura, cruda y devastadora necesidad. Sus labios se movían contra los míos con una urgencia que reclamaba mi alma, su lengua exploraba mi boca con una autoridad que no aceptaba negativas.
El mundo exterior desapareció. Las luces de la ciudad, los informes de la quiebra, las deudas... todo se desvaneció bajo la marea de sensaciones que me inundaba. Sentí sus manos bajando por mi espalda, acariciando la curva de mis caderas con una posesión que me hacía vibrar. Alexander me levantó ligeramente, sentándome sobre el borde de mi escritorio, separando mis piernas para encajarse entre ellas.
El contacto físico era eléctrico. Podía sentir el latido de su corazón contra el mío, un ritmo frenético que igualaba mi propia agitación. Sus besos bajaron por mi mandíbula hasta mi cuello, dejando un rastro de fuego a su paso.
—Isabella... —susurró mi nombre como si fuera un pecado.
Sus manos empezaron a subir por mis muslos, bajo la tela del vestido, y cada centímetro de piel que tocaba parecía despertar de un largo letargo. Yo estaba perdida. Odiaba el poder que tenía sobre mí, odiaba que pudiera hacerme sentir esto, pero en ese momento, bajo la luz de la luna que se filtraba por el cristal, no quería que se detuviera.
Me aferré a sus hombros, mis uñas enterrándose en la fina seda de su camisa. El encuentro se volvió más intenso, más urgente. No era amor, era algo mucho más oscuro y potente. Era la colisión de dos fuerzas que habían estado chocando durante días y que finalmente se rompían.
Alexander se detuvo un segundo, con la respiración entrecortada, mirándome con una vulnerabilidad que nunca había visto en él. Sus ojos grises estaban nublados por la pasión.
—Si seguimos esto, Isabella... no habrá vuelta atrás. Ya no serás solo mi esposa por contrato. Serás mía en todos los sentidos que existen.
—Ya me tienes atrapada, Alexander —respondí, con la voz rota, acariciando su rostro con manos temblorosas—. ¿Qué más da un contrato si ya has invadido todo lo demás?
Él no necesitó más. Me tomó de nuevo, y esa noche, en la oficina que había sido mi prisión durante el día, Alexander Volkov reclamó la última parte de mí que todavía intentaba resistirse. Fue un encuentro marcado por la intensidad y el descubrimiento, donde el odio y el deseo se fundieron en una sola llama. No hubo palabras dulces, solo el sonido de nuestras respiraciones y el roce de nuestra piel en la oscuridad.
Cuando todo terminó, Alexander me mantuvo abrazada contra su pecho durante un largo tiempo. El silencio de la oficina ya no se sentía frío, sino cargado de una nueva y aterradora complicidad.
—Mañana —dijo él finalmente, su voz recuperando un poco de su firmeza pero con un matiz de posesión que no estaba antes—, salimos de viaje a Italia. Tengo una villa en el Lago de Como. Allí no habrá oficinas, ni secretarias, ni Julians. Solo tú y yo.
Me quedé en silencio, escuchando su corazón. Sabía que al aceptar este viaje, estaba aceptando entrar en la fase final de su juego. Italia sería mi prueba de fuego. En un lugar donde no tendría a nadie más que a él, tendría que descubrir si todavía quedaba algo de la Isabella Camil que solía ser, o si Alexander Volkov me había transformado definitivamente en su posesión más preciada... y en su mayor debilidad.