El coche que Alexander había enviado no era un vehículo; era un tanque de lujo blindado que me separaba del resto del mundo. Mientras cruzábamos Manhattan bajo la lluvia, veía a la gente caminar con sus paraguas rotos y sus vidas ordinarias, y por primera vez en mis veintitrés años, sentí envidia de su pobreza. Ellos eran libres de mojarse. Yo, en cambio, acababa de ser empaquetada y sellada con un apellido que no me pertenecía.
Cuando el chofer, un hombre de rostro inexpresivo llamado Mikhail, se detuvo frente a la mansión de los Volkov en los límites de Westchester, el corazón se me subió a la garganta. No era una casa; era una fortaleza de piedra oscura y ventanales que parecían ojos vigilantes.
—Señora Volkov, hemos llegado —dijo Mikhail.
Ese nombre. *Señora Volkov*. El sonido me produjo una náusea física.
Me escoltaron hacia adentro como a una prisionera de guerra. El vestíbulo era una oda a la frialdad: suelos de granito negro tan pulidos que podía ver mi rostro demacrado bajo mis pies, y una escalera de caracol que parecía una columna vertebral de hierro. Alexander no estaba en la entrada para recibirme con una falsa bienvenida. No. Él me esperaba en la biblioteca, el lugar donde se cierran los tratos que no dejan sobrevivientes.
Al entrar, lo vi. Se había quitado la chaqueta del traje y tenía las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos poderosos y el borde de un tatuaje que desaparecía bajo el puño. Estaba sentado tras un escritorio de caoba maciza, con el contrato original frente a él.
—Siéntate, Isabella —ordenó sin levantar la vista. Su voz era un ronroneo de autoridad que me obligó a obedecer antes de que mi cerebro pudiera protestar.
Me senté en la silla de cuero frente a él. Todavía llevaba el vestido de seda húmedo, y el frío de la habitación me hacía temblar, pero me negué a abrazarme a mí misma. No quería que viera cuánto miedo le tenía.
—Has firmado sin leer las letras pequeñas, un error de principiante que tu padre solía cometer —dijo, deslizando una copia del documento hacia mí—. Pero como ahora eres mi... inversión, me aseguraré de que entiendas cada palabra de lo que eres dueña. O mejor dicho, de lo que yo soy dueño.
Tomé el papel con dedos torpes. Mis ojos empezaron a recorrer las líneas, y cada párrafo era una bofetada a mi autonomía.
### El Contrato de Propiedad Camil-Volkov
**Cláusula 1: Fidelidad y Exclusividad.**
*"La esposa (Isabella Camil) renuncia a cualquier tipo de contacto romántico, físico o emocional con terceros. Cualquier infracción a esta norma resultará en la cancelación inmediata del pago del tratamiento médico de Elena Camil y la ejecución de las deudas pendientes de Roberto Camil."*
Sentí un nudo en la garganta. Él no solo quería mi cuerpo; quería mi aislamiento total.
**Cláusula 4: Imagen Pública.**
*"La esposa deberá asistir a todos los eventos sociales, cenas de negocios y apariciones mediáticas que el esposo considere necesarias. Deberá proyectar una imagen de devoción absoluta. Cualquier muestra de descontento o rebelión en público será castigada con una penalización financiera sobre el fideicomiso de su madre."*
—¿Castigada? —mi voz salió ronca—. ¿Me vas a cobrar por no sonreír lo suficiente?
Alexander levantó la vista. Sus ojos grises estaban desprovistos de cualquier emoción humana.
—No te pago para que seas feliz, Isabella. Te pago para que seas perfecta. Si fallas en tu papel, el negocio pierde valor. Y yo no tolero las pérdidas. Sigue leyendo.
Mis ojos bajaron a la cláusula que más temía. El "Sabor del Matrimonio".
**Cláusula 7: Cohabitación e Intimidad.**
*"La esposa residirá en la habitación principal conectada a la suite del esposo. Aunque el contrato es de naturaleza civil y comercial, la esposa no podrá negar su presencia física ni su afecto en contextos que aseguren la veracidad del matrimonio ante el servicio doméstico o invitados. El esposo se reserva el derecho de exigir demostraciones de afecto físico (besos, abrazos, contacto cercano) para mantener la farsa."*
—Esto es... esto es prostitución legalizada —susurré, dejando caer el papel sobre la mesa.
Alexander se levantó con una lentitud aterradora. Rodeó el escritorio y se apoyó en el borde, justo frente a mí. Su presencia era tan abrumadora que el aire en la biblioteca pareció agotarse. Se inclinó hacia adelante, atrapándome entre sus brazos apoyados en la silla. Podía oler el coñac y ese aroma a bosque y tormenta que empezaba a asociar con mi perdición.
—Lámalo como quieras —susurró, y su aliento rozó mi mejilla, enviando una descarga eléctrica de odio y deseo por mi espalda—. Pero ayer, cuando tu padre me ofreció tu mano a cambio de su pellejo, no te vi protestar en sus brazos. Él puso el precio, Isabella. Yo solo acepté las condiciones de la subasta.
—Él no tenía derecho —dije, sintiendo las lágrimas arder detrás de mis párpados—. Él me traicionó. Mi propia madre me lo dijo antes de colapsar... me dijo que tú viniste a casa a pedirme como si fuera una yegua de carreras.
Alexander sonrió de una manera que no llegó a sus ojos. Estiró la mano y, con el pulgar, delineó mi labio inferior, que temblaba sin control.
—Tu padre me debe millones, pero tú... tú me debes la vida de tu madre. Esta noche, mientras tú duermes en una cama de mil hilos, ella estará siendo operada por el mejor cirujano de este país. ¿Vale eso tu libertad, Isabella? ¿Vale tu orgullo?
Me obligué a sostenerle la mirada. Mi pecho subía y bajaba con violencia, rozando accidentalmente la tela de su camisa. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas plateadas en su iris.
—Sí —respondí con amargura—. Pero no esperes que te mire con nada más que desprecio. Puedes comprar mi nombre, mi tiempo y mi presencia, pero nunca tendrás lo que hay aquí dentro.
Señalé mi corazón. Alexander soltó una carcajada seca y se alejó, dándome espacio para respirar de nuevo.
—No te equivoques, esposita. No quiero tu corazón. Es un órgano demasiado inútil y propenso a fallar. Lo que quiero es tu obediencia. Y la tendré, por las buenas o por el contrato.
Caminó hacia la puerta y la abrió de par en par.
—Mikhail te llevará a tus aposentos. En el armario encontrarás ropa nueva. He hecho quemar todo lo que trajiste contigo; no quiero rastro de la pobreza de los Camil en mi casa. Mañana por la noche tenemos nuestra primera cena oficial. Vendrá la prensa. Prepárate para ser la mujer más enamorada del mundo.
Cuando salí de la biblioteca, sentí que las paredes de la mansión se cerraban sobre mí. Subí las escaleras con las piernas pesadas. Mi habitación era un palacio de mármol y seda blanca, pero para mí se sentía como una celda de aislamiento.
Me acerqué al gran ventanal. La lluvia seguía cayendo sobre Nueva York. Pensé en mi madre en el quirófano y en mi padre, el hombre que me había entregado a este lobo para salvarse a sí mismo. Un año. Trescientos sesenta y cinco días atada al CEO.
Me dejé caer en la cama, enterrando el rostro en las almohadas que olían a él. Lloré, no por tristeza, sino por la furia de saber que, a pesar de todo el odio que sentía por Alexander Volkov, cuando su dedo tocó mi labio, una parte traidora de mi cuerpo había deseado que no se detuviera ahí. Y ese era el verdadero peligro: no el contrato, sino el monstruo que empezaba a despertar dentro de mí bajo su marca.