Mundo de ficçãoIniciar sessão(POV ALEXANDER)
El ardor en mi mejilla izquierda era lo único que me recordaba que todavía era humano. Me quedé de pie en el pasillo, justo fuera de su habitación, escuchando el silencio sepulcral que reinaba tras la puerta de madera de roble. Podía imaginarla allí dentro: Isabella Camil, con el pecho subiendo y bajando por la agitación, con esos ojos castaños encendidos por una furia que me resultaba más adictiva que cualquier droga que hubiera probado. Me pasé la yema del pulgar por el labio inferior. Una gota de sangre, metálica y caliente, manchó mi piel. Sonreí para mis adentros. No era una sonrisa de alegría; era la mueca de un cazador que finalmente ha encontrado una presa que se atreve a morder. Caminé hacia mi propio ala de la mansión, despojándome de la chaqueta del esmoquin y arrojándola sobre un sofá de cuero sin mirar dónde caía. El silencio de mi hogar, ese que tanto me había costado construir sobre los cadáveres financieros de mis enemigos, se sentía extraño esta noche. Se sentía invadido. Había una fragancia a jazmín y lluvia que se negaba a abandonar mis fosas nasales. Su perfume. Me serví un whisky doble, sin hielo. El líquido bajó quemando, pero no tanto como el recuerdo de su boca contra la mía. —Maldita sea, Isabella —gruñí, dejando el vaso con demasiada fuerza sobre la mesa de cristal. Había planeado esto durante meses. El desfalco de los Camil no fue un accidente; fue una trampa que yo mismo cebé, esperando pacientemente a que Roberto Camil, ese idiota arrogante, mordiera el anzuelo. Quería su empresa, quería su legado, pero sobre todo, la quería a ella. La había visto por primera vez en una gala benéfica hacía tres años. Ella llevaba un vestido dorado y se movía por el salón como si el suelo no fuera digno de sus pies. En ese momento, decidí que la poseería. No por amor —una debilidad que mi padre me extirpó a golpes de cinturón antes de que cumpliera los diez años—, sino por derecho de conquista. Pero no esperaba que me golpeara. Nadie me golpea. Me acerqué al gran ventanal de mi despacho. La lluvia seguía castigando los cristales. Mi reflejo me devolvía la imagen de un hombre que lo tenía todo, pero que por un segundo, en ese beso, se había sentido vacío. Me senté frente a mi ordenador y abrí el archivo confidencial que Mikhail me había enviado esa tarde. Fotos de Isabella en el hospital, llorando en un pasillo oscuro; fotos de ella caminando bajo la lluvia, con los hombros hundidos. Debería haberme sentido satisfecho. Había logrado poner de rodillas a la princesa de Nueva York. Sin embargo, cuando la tuve entre mis brazos en el estrado, cuando sentí su cuerpo temblar no de miedo, sino de una chispa de deseo que ella intentaba sofocar con todas sus fuerzas, algo en mi plan maestro se torció. Ese beso... no fue parte de la farsa. Lo supe en cuanto mi lengua rozó la suya. No fue la actuación de un CEO calculador. Fue el hambre de un hombre que llevaba demasiado tiempo observando desde las sombras. —¿Intereses, Isabella? —susurré a la oscuridad de la habitación—. No tienes idea de lo que te voy a cobrar. Me levanté y caminé hacia el vestidor, quitándome la camisa blanca. En el espejo, las cicatrices de mi espalda, mudos testimonios de una infancia que nadie querría recordar, parecían más vívidas bajo la luz fluorescente. Eran un recordatorio de que en este mundo, el poder es la única moneda que no se devalúa. Y yo tenía todo el poder sobre ella. Me metí bajo la ducha fría, dejando que el agua golpeara mi nuca. Cerré los ojos y ahí estaba ella de nuevo. Su sabor a labial de fresa y desesperación. La forma en que sus dedos se habían enredado en mi cabello justo antes de reaccionar y golpearme. Ella quería odiarme, necesitaba odiarme para no sucumbir a lo que ambos sentíamos vibrar en el aire. Me vestí con un pantalón de dormir de seda negra y salí de nuevo al salón. No podía dormir. El eco de su bofetada seguía resonando en mi cabeza como un desafío. Ella pensaba que el contrato era su prisión. No entendía que el contrato era su protección. Si no fuera por ese papel, ya la habría hecho mía sobre ese escritorio, sin importarme nada más que saciar esta sed que me estaba volviendo loco. Mañana empezaría la verdadera lección. Isabella creía que podía desafiarme y salir ilesa. No conocía mi verdadera naturaleza. Yo no soy un caballero, soy un estratega. Si ella quería guerra, le daría una guerra de nervios. La ignoraría. La haría sentir invisible en su propia casa. Le quitaría el oxígeno de mi atención hasta que fuera ella la que buscara el roce de mi mano, solo para confirmar que todavía existía. Me acerqué a la puerta que conectaba nuestras suites. Puse la mano sobre el pomo frío. Podía oír su respiración al otro lado, suave, rítmica... probablemente estaba llorando. O quizás, como yo, estaba despierta, odiándose por haber disfrutado el sabor de mi boca. —Disfruta tu pequeña victoria, Isabella Camil —murmuré, retirando la mano—. Porque a partir de mañana, voy a ser el fantasma que te persiga en cada pasillo. Voy a ser el silencio que te ensordezca. Voy a ser el dueño de cada uno de tus pensamientos hasta que no quede nada de ti que no me pertenezca. Regresé a mi cama, pero las sábanas se sentían demasiado frías. Mi mente seguía trazando planes, visualizando la cena de mañana con los inversores alemanes. Sería la prueba de fuego. Ella tendría que ser la esposa perfecta de nuevo, pero esta vez, yo no le daría la facilidad de tocarla. Vería cómo reaccionaba ante mi indiferencia. Vería si ese fuego que mostró hoy se convertía en una hoguera o en cenizas. Porque en mi mundo, las deudas se pagan con sangre o con alma. Y yo ya había decidido que quería la suya. La bofetada todavía me escocía, pero el dolor era un recordatorio placentero. Me había dado un motivo para ser cruel. Y si algo sabía hacer Alexander Volkov, era ser cruel con una precisión quirúrgica. Mañana, Isabella descubriría que el precio de su libertad no era solo un año de su vida. El precio era descubrir que el monstruo al que tanto temía, era el único que podía hacerla sentir viva. Me quedé mirando el techo hasta que los primeros rayos del alba empezaron a filtrarse por las cortinas. El juego apenas comenzaba, y yo ya tenía todas las cartas en mi mano. Solo faltaba ver cuánto tiempo tardaría ella en apostar lo único que le quedaba: su voluntad. —Prepárate, esposita —dije en un susurro mientras cerraba los ojos por fin—. Porque el castigo por tu rebelión será mucho más placentero de lo que te imaginas.






