La penumbra de mi nuevo despacho en Manhattan era lo único que toleraba mi vista. El aire estaba viciado, impregnado del aroma a tabaco turco y el rastro acre del whisky que había estado consumiendo desde que regresé del Waldorf Astoria. Mi mejilla aún palpitaba, no por el golpe físico que Isabella me había propinado en el balcón, sino por el eco de su desprecio. Cada vez que cerraba los ojos, veía su mirada: gélida, vacía, como si Alexander Volkov no fuera más que una mancha de suciedad en su