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CAPÍTULO 6: LA SOMBRA DEL PASADO

El silencio es una forma de tortura que no deja marcas en la piel, pero que desgarra el alma con la precisión de un bisturí. Habían pasado tres días desde la bofetada, tres días desde que Alexander Volkov decidió que yo ya no era digna de su voz, de su mirada o de su ira.

Caminar por la mansión se había convertido en un ejercicio de invisibilidad. Desayunábamos en extremos opuestos de una mesa de caoba que parecía un desierto infranqueable. Él leía sus informes, revisaba su tableta y bebía su café negro como su conciencia, sin dedicarme ni un solo "buenos días". Para él, yo había pasado de ser su "inversión" a ser un mueble más de la decoración minimalista de su imperio.

Y lo que más me dolía, lo que me hacía hervir la sangre de pura frustración, era que me importaba. Me odiaba por buscar su mirada por el rabillo del ojo, por esperar que me soltara un insulto o una orden, cualquier cosa que confirmara que todavía estaba viva. Su indiferencia era más letal que sus amenazas.

—Esta noche tenemos la recepción benéfica en el ala este —anunció Mikhail mientras me escoltaba de regreso de una visita al hospital donde mi madre seguía estable, pero dormida—. El señor Volkov espera que esté lista a las ocho. No habrá recordatorios personales.

—Dile a tu señor que no necesito que me cuide como a una niña —respondí con amargura, aunque sabía que Mikhail solo era el mensajero del hielo.

Me preparé con una rabia sorda. Elegí un vestido que sabía que Alexander odiaría: un diseño vintage en seda color champán que perteneció a mi madre en sus mejores años. Era elegante, sí, pero gritaba "Camil" por cada costura. Me negaba a usar la ropa que él me había comprado esta noche. Quería recordarle quién era yo antes de que él decidiera comprar mis cenizas.

Cuando bajé las escaleras, el salón ya estaba lleno de la crema y nata de la sociedad que me había dado la espalda. Alexander estaba en el centro, rodeado de hombres con trajes oscuros. Se veía imponente, con una copa de cristal en la mano y esa expresión de suficiencia que lo hacía parecer un rey entre campesinos. Cuando mis ojos chocaron con los suyos por un breve segundo, no hubo chispa. Solo una frialdad absoluta que me hizo estremecer. Apartó la vista como si yo fuera una mancha en la pared.

Me quedé cerca de la barra, sintiéndome como un fraude envuelto en seda, hasta que una voz que creía olvidada rompió el ruido de los violines.

—¿Isabella? ¿Isabella Camil?

Me giré y el corazón se me dio un vuelco.

—¿Julian? —susurré.

Julian Vane. El hijo de los mejores amigos de mis padres. El chico que me había llevado a mi primer baile, el que me enviaba flores cada cumpleaños y el que, según mi padre, siempre fue el candidato "perfecto" para casarse conmigo antes de que todo se derrumbara. Julian se veía igual: cabello rubio despeinado con estilo, ojos azules cargados de una amabilidad que no existía en esta casa, y una sonrisa que, por un momento, me hizo sentir que todavía estaba en el Upper East Side.

—No puedo creerlo —dijo Julian, acercándose y tomándome las manos con una naturalidad que me hizo querer llorar—. He escuchado tantas cosas... lo de tu padre, lo de la quiebra... y luego la noticia de tu matrimonio repentino. Izzy, ¿estás bien? Te ves... diferente.

Sus manos estaban cálidas. Eran las manos de alguien que no quería nada de mí, excepto mi bienestar. Era un contraste tan violento con el frío de Alexander que me sentí mareada.

—Estoy... sobreviviendo, Julian —respondí, tratando de sonreír.

—Me enteré de que este hombre, Volkov, compró las acciones de tu familia —Julian bajó la voz, mirando con desconfianza hacia donde estaba Alexander—. Izzy, si estás en problemas, si este matrimonio es... lo que todos sospechamos en los clubes, puedo ayudarte. Mi familia todavía tiene influencias. No tienes que estar sola en esto.

Por el rabillo del ojo, vi a Alexander. No se había movido de su sitio, pero su postura había cambiado. Ya no estaba escuchando al hombre que hablaba con él. Estaba rígido, su mandíbula apretada y sus nudillos blancos alrededor de su copa. Sentí una punzada de triunfo. La indiferencia empezaba a agrietarse.

—No es tan simple, Julian —dije, elevando un poco la voz para asegurarme de que el eco llegara a donde Alexander estaba—. Alexander es... un hombre complicado. Pero aprecio que te preocupes por mí. Hacía mucho que nadie me llamaba "Izzy".

Julian sonrió y se acercó más, invadiendo mi espacio personal de una forma que en otro momento me habría incomodado, pero que ahora usaba como un arma. Me puso una mano en el hombro, una caricia suave, casi protectora.

—Siempre serás Izzy para mí. Ven, vamos a la terraza. Necesitas aire y yo necesito que me cuentes la verdad sin que esos ojos grises nos sigan como si fueran cámaras de seguridad.

Dudé un segundo. Miré hacia Alexander. Esta vez, él me estaba mirando fijamente. Sus ojos eran dos pozos de tormenta, oscuros y letales. No había indiferencia ahora; había una posesión primitiva que me hizo vibrar la piel.

—Claro, vamos —dije, dándole la espalda a mi esposo y dejando que Julian me guiara hacia el exterior.

La terraza estaba fresca, el olor a los pinos de la propiedad mezclándose con el aire de la noche. Julian no dejó de hablar, recordándome anécdotas de nuestra infancia, de los veranos en los Hamptons, de una vida donde yo no era una mercancía. Pero yo no podía concentrarme. Mis oídos estaban atentos a cualquier sonido detrás de mí.

—Izzy, mírame —Julian me tomó por los hombros, obligándome a encararlo—. Mi oferta es real. Puedo sacarte de aquí esta noche. Mi coche está abajo. No tienes que volver a entrar a esa casa si no quieres.

Estaba a punto de responder, de decirle que mi madre moriría si yo cruzaba esa puerta, cuando un sonido metálico me hizo saltar.

Alexander estaba apoyado contra el marco de la puerta de cristal, sosteniendo una botella de bourbon. Se veía peligrosamente tranquilo, pero el aura que emanaba era la de una bomba a punto de estallar.

—La fiesta se ha vuelto aburrida, ¿no creen? —su voz era una seda que cortaba—. Especialmente cuando los invitados empiezan a confundir la hospitalidad con el derecho de propiedad.

Julian se puso frente a mí, tratando de ser valiente.

—Volkov, solo estábamos hablando. Isabella es una vieja amiga.

Alexander caminó hacia nosotros con una lentitud que hacía que cada paso pesara una tonelada. Se detuvo frente a Julian, superándolo en altura y en una presencia que simplemente borraba a cualquier otro hombre de la habitación.

—Amiga —repitió Alexander, saboreando la palabra como si fuera veneno—. Qué término tan pintoresco. Pero te olvidas de un pequeño detalle jurídico, Vane. Ella no es una "amiga". Es mi esposa. Y en esta casa, lo que es mío no se comparte, no se toca y, ciertamente, no se ofrece en rescate.

—Ella no es un objeto, Volkov —le espetó Julian, con la cara roja de ira.

Alexander soltó una risa corta, sin rastro de humor. Dejó la botella en una mesa cercana y, en un movimiento tan rápido que apenas pude verlo, tomó a Julian por la solapa de su traje, empujándolo ligeramente hacia atrás.

—Vete de mi casa, Julian. Ahora mismo. Antes de que decida que la deuda de tu familia con el fondo de inversión ruso que manejo deba ser cobrada mañana a primera hora.

Julian me miró, asustado y humillado. Alexander no estaba bromeando. Sabía los secretos de todos, las deudas de todos. Julian soltó un suspiro de derrota, me dedicó una última mirada de disculpa y se alejó casi corriendo.

Me quedé sola con él. El silencio de la terraza solo era roto por el sonido de nuestras respiraciones. Alexander se giró hacia mí. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su pecho subía y bajaba con violencia.

—¿Disfrutaste la función, Isabella? —preguntó, su voz bajando a un registro que me hizo temblar—. ¿Te sentiste bien siendo la "pobre damisela" rescatada por su caballero de brillante armadura?

—Él es un buen hombre, Alexander. Algo que tú nunca entenderás —dije, tratando de pasar por su lado para entrar a la casa.

Pero él no me dejó. Me atrapó del brazo y me empujó contra la pared de piedra de la terraza, atrapándome con su cuerpo. El contacto fue una explosión. Sus manos se cerraron sobre mis muñecas, inmovilizándolas contra la piedra sobre mi cabeza.

—¿Un buen hombre? —gruñó, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozaron—. Un buen hombre no sabría qué hacer con una mujer como tú. Un buen hombre se asustaría del fuego que llevas dentro. Él te llamó "Izzy"... pero tú no eres Izzy. Tú eres Isabella Volkov. Y lo único que él quería era recordarte lo que perdiste, mientras que yo soy el único que sabe exactamente lo que tienes.

—¡Suéltame! —grité, forcejeando contra su fuerza bruta.

—No —respondió él, y su boca bajó para atacar mi cuello, mordiendo la piel sensible justo debajo de mi oreja—. Tres días, Isabella. Tres días ignorándote para ver si podías comportarte. Y en cuanto aparece un cachorro rubio, corres a sus brazos. ¿Quieres atención? ¿Quieres que te vea?

Levantó la cabeza y me miró con una posesión que me quemaba. Su mano derecha soltó mi muñeca y bajó por mi costado, apretando mi cintura con una fuerza que me dejó sin aire, hasta que sus dedos se enterraron en el muslo que el vestido dejaba al descubierto por la abertura.

—Mírame —ordenó.

Lo hice. Sus ojos grises eran puro fuego.

—Nunca vuelvas a dejar que otro hombre te toque. Nunca vuelvas a dejar que otro hombre use ese nombre contigo. Eres mía por contrato, eres mía por ley y, después de esta noche, vas a entender que eres mía por pura y maldita necesidad.

Antes de que pudiera protestar, su boca volvió a aplastar la mía. Pero esta vez no fue un beso de farsa. Fue un beso de guerra. Alexander me reclamó con una agresividad que me hizo gemir contra sus labios, su lengua entrando en mi boca con una urgencia que me hizo flaquear las piernas. Me apretó contra la piedra, su cuerpo marcando territorio contra el mío, dejándome claro que no había escapatoria.

Y lo peor, lo que me hacía odiarme más que a él, era que mis manos ya no intentaban apartarlo. Mis dedos se habían enredado en su camisa, tirando de él, respondiendo a su violencia con una pasión desesperada que me daba miedo.

Se separó bruscamente, dejándome jadeando contra la pared. Se limpió la boca con el dorso de la mano, con la mirada de alguien que acaba de ganar la batalla más importante de su vida.

—Entra —dijo, su voz recuperando esa frialdad cortante—. Y quítate ese vestido. No quiero volver a verlo. Mañana empezaremos con las nuevas reglas. Y esta vez, Isabella... no habrá silencios que te protejan de mí.

Entré a la casa con las piernas temblando, sintiendo el frío de la noche en mi piel pero el fuego de Alexander quemándome por dentro. El intruso se había ido, pero el verdadero monstruo acababa de despertar. Y por primera vez, supe que no había contrato en el mundo que pudiera salvarme de lo que Alexander Volkov estaba a punto de hacerme sentir.

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