El trayecto de vuelta a la mansión fue un descenso lento hacia el infierno. Dentro de la limusina, el silencio era tan denso que podía oír el roce de mis medias de seda al cruzar las piernas. Alexander estaba sentado frente a mí, con la corbata deshecha y el primer botón de su camisa desabrochado. No me miraba; observaba las luces de la ciudad pasar a través del cristal tintado, pero su presencia llenaba cada rincón del vehículo.Mis labios todavía ardían. Podía sentir el sabor de su boca, una mezcla de alcohol caro y una posesión que me hacía revolver el estómago. Me sentía sucia, no por el beso en sí, sino por la forma en que mi cuerpo había respondido. Odiaba a Alexander Volkov con cada fibra de mi ser, lo odiaba por comprarme, por chantajearme, por usar la vida de mi madre como moneda de cambio... y, sin embargo, en ese escenario, bajo los flashes de las cámaras, mi pulso se había acelerado de una forma que no podía fingir.—¿Te duele la mandíbula, Isabella? —preguntó de pronto, s
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