La luz del alba en Manhattan siempre tenía un tono gris azulado, filtrándose a través de los ventanales del penthouse como un espectro silencioso que reclamaba su espacio. Eran las cinco de la mañana cuando el zumbido insistente de un teléfono sobre la mesa de noche rompió la burbuja de paz. Nick, cuyo instinto de agente nunca dormía del todo, estiró un brazo musculoso para alcanzar el dispositivo, sintiendo el peso de la realidad caer sobre sus hombros.
La pantalla iluminó sus facciones duras,