El motor del deportivo de Isabella rugía por las calles de Manhattan, pero para ella, el sonido era un eco lejano, casi irreal. Sus manos, firmes por años de entrenamiento, temblaban ahora sobre el cuero del volante. La ciudad desfilaba a su lado como un borrón de luces y sombras, una metrópoli que antes le pertenecía y que ahora se sentía como una celda de cristal.
Apenas tres cuadras después de alejarse del edificio de Nick, el aire se le terminó. Fue un impacto físico, un golpe seco en el es