El silencio en el departamento de Nick era absoluto, roto solo por el susurro de la lluvia que ahora golpeaba los cristales con una cadencia hipnótica. Sin embargo, en la mente de Isabella, el mundo era radicalmente distinto.
Eran las tres de la mañana cuando el sueño la atrapó. En su visión, no había edificios de cristal ni armas humeantes. Había un campo infinito de trigo dorado bajo un sol que no quemaba, sino que acariciaba. En el centro de aquel paraíso, un columpio de madera colgaba de un