El edificio de la Agencia se alzaba en el bajo Manhattan como un monolito de acero y cristal, desprovisto de alma. Nick Fitzgerald cruzó el control de seguridad con la mandíbula tensa y el paso firme de un hombre que camina hacia el cadalso con una sonrisa en los labios. El aroma a café rancio y el zumbido eléctrico de los servidores lo recibieron en el piso superior, un contraste clínico y frío comparado con el calor de la piel de Isabella que aún sentía en sus manos.
Al entrar en la oficina d