La luz de la luna llena iluminaba el cielo de Manhattan con una crueldad metálica. Nick Fitzgerald conducía su sedán oficial con la mirada perdida en el horizonte de rascacielos, sintiendo aún el eco del último beso de Isabella en sus labios y el calor de su piel bajo la ducha. Acababan de tomar caminos separados en una intersección de la Quinta Avenida, una bifurcación que simbolizaba la dualidad de sus vidas: ella hacia el trono de sangre de los Moretti, él hacia las sombras de su refugio sin