El motor del deportivo rugía con una elegancia agresiva mientras cruzaban el puente George Washington. Nueva York se extendía ante ellos como un tapiz de diamantes sobre terciopelo negro. Dentro del auto, el silencio no era incómodo; era denso, cargado de la electricidad residual de lo que acababa de ocurrir en la cabaña. Isabella apoyó la cabeza en el asiento de cuero, observando de reojo el perfil de Nick, iluminado intermitentemente por las luces de la ciudad. Su mano derecha descansaba sobr