El amanecer en la mansión Moretti no trajo la paz, sino una claridad despiadada. La lluvia de la noche anterior había dejado paso a una mañana de un sol radiante y engañoso que hacía brillar las gotas de agua sobre los rosales del jardín como si fueran diamantes. Era una estampa de perfección aristocrática que ocultaba la podredumbre que se gestaba en el interior de sus muros.
Giuseppe, Alessandra e Isabella se encontraban desayunando en la terraza trasera, un espacio de mármol blanco rodeado d