La mañana se filtró por las persianas del departamento de Nick no como una bendición, sino como una intrusa despiadada. Los rayos de luz, cargados de partículas de polvo que danzaban en el aire, cortaban la penumbra de la habitación con una precisión quirúrgica, desnudando la realidad que ambos habían intentado ignorar durante la noche. Isabella despertó sintiendo el peso del brazo de Nick sobre su cintura, un ancla de carne y hueso que la mantenía unida a la única realidad que deseaba habitar.