El aire en la cabaña estaba cargado, una mezcla de ozono, el calor de la chimenea y esa tensión eléctrica que solo existe cuando dos tormentas colisionan. Nick, con la mirada fija en Isabella, no apartó los ojos de ella mientras se dirigía al joven que aún se recuperaba de la patada en el suelo.
—Gracias por todo, novato. Ahora te puedes ir; a partir de aquí yo me encargo —dijo Nick, su voz era un barítono profundo que vibraba en las paredes de madera.
El joven se incorporó con una mueca de dol