El museo había sido transformado en un santuario de filantropía y vanidad. Cúpulas bañadas de luz cálida, mármoles pulidos como lagos, vitrinas con obras cedidas por coleccionistas que creían redimirse con un catálogo. Los anfitriones lo llamaban “gala benéfica”, pero la ciudad sabía que era algo más: un censo de poder en traje de etiqueta.
Aelin llegó sin prisa. Vestido negro de líneas sobrias, espalda limpia, el cabello recogido en una trenza que no buscaba otras miradas que la de Darian. No