El amanecer en Viena llegó silencioso, envuelto en una neblina dorada. La ciudad despertaba con lentitud, mientras los primeros rayos del sol se filtraban entre las cortinas del hotel.
Aelin se levantó temprano. Apenas había dormido.
Toda la noche había pensado en la llamada del fraile y en aquellas palabras que se habían quedado grabadas en su mente:
“Abrir solo cuando la luna y la verdad coincidan.”
En el tocador, junto al espejo, descansaban tres cosas: la carta de su madre, el sello de