El amanecer llegó despacio, como si no quisiera interrumpir.
En la calle Fresno, la pequeña fachada blanca de la Fundación Lunaria tenía las ventanas abiertas. Por dentro se escuchaban risas, pasos menudos, el roce de hojas de papel. El olor a pan y vainilla flotaba en el aire, mezclado con el polvo reciente de los libros nuevos.
Aelin estaba de pie frente al ventanal, con una taza de café entre las manos. Afuera, los primeros niños del barrio corrían hacia la puerta, cargando mochilas gastad